29 de junio de 2013


No entiendo los secretos de la noche, tal vez por eso ahora tengo abiertos los ojos, rodeado de penumbra como en un vientre, recargando la nuca en mi almohada, mirando el techo, respirando con lentitud, acompasado igual que un monje, cruzando las manos sobre el pecho, pensando en nada –eso pienso-, escuchando sobre la madera quejumbrosa del silencio el ir y venir de las cucarachas. 
*


Ernesto Hernàndez Doblas





ILUMINADO en la locura
piensas en los poemas
que los astros
hacen estallar
en el vientre del abismo.
Inmòvil Dionisos
devorado 
por los perros 
del espejo. 
Tocando 
el piano de las sombras.
Danzando en sueños
con las olas
de un mar enloquecido. 
Dando de gritos
adentro de una rosa
cortada por la muerte.
Iluminado
por lámparas
del mediodía. 
Mecido en los brazos
de un Dios nacido
entre tus manos. 
Iluminado en la locura,
piensas que el hombres
es algo que debe ser superado
y las paredes de lo eterno tiemblan
bajo tus ojos de luz en una cueva.
Bajo una sábana de serpientes
tiembla el cuerpo
de todas las palabras. 
Diccionario masticado
por tinieblas. 
Metáforas del mundo
degolladas por el mundo. 
Silencio escurriendo
por el sexo
de los ángeles.
Tu, eterno, 
eternamente idiota 
entre los niños de la sombra,
tu, eterno, 
eternamente devorado
por el alma de los bosques;
sacrifico de un sol
dado a luz
en tu montaña de fantasmas.
Cazador de dioses
en un libro escrito
por la sed y el hambre. 
Alta vocación del mar.
Iluminado en la locura
como un loco que desnudo
baila sobre los pianos del sol. 
Círculo de sombras. 
Zaratuztra que se incendia
y que se apaga
eternamente. 

*



Ernesto Hernàndez Doblas 

Hans Baldung Grien









LA metàfora, vista por ojos prosaicos, o analizada por una mente que haya perdido cierta agudeza de intuición, tiende, en efecto, a aparecer como un adorno. Parece cosa añadida o sobrepuesta, como una joya cosida en la fuerte trama de la narración, de tal manera que si se le quitara seguiría ésta siendo tan útil y duradera como antes. Verdad es que la metáfora se ha empleado, y se emplea con mayor frecuencia, de esta manera; es verdad que algunos de nuestros viejos escritores que sentìan un deleite infantil en incrustar metàforas en su lenguaje ejercen cierta articulada y dulce fascinación en el lector moderno. Pero su estilo no es menos vicioso porque lo encontremos interesante, como tampoco la moda creciente de los muebles de sala victorianos absuelve a sus creadores de su pésimo gusto. 
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J. Middleton Murry
El estilo Literario
Breviarios del Fondo de Cultura Económica 



28 de junio de 2013

MADRE de cristo
que abortas a la muerte,
ten piedad de los escombros
que nos dejan los verdugos.
Las migajas de la mierda
en los espejos. 
Los altos edificios de tinieblas.
Santa Marìa, 
cubre con tu manto
los sexos masacrados
de la aurora.
Las luciérnagas violadas
por el mundo.
La inocencia bajo tierra, 
custodiada 
por gusanos negros,
las mentiras
como templos 
de magnolia circuncisa .
Madre de Dios,
ruega en esta muerte
por nosotros que morimos
veinte veces
en el vientre de los ángeles. 
Somos los escombros
de la luz. 
Las oraciones
en el hocico
de los perros. 
Las cuentas de un rosario
de esqueletos. 
Los que se duermen
adentro de su propio sueño
de invidentes. 
Madre Marìa, 
tu que habitas
los altares de la llaga:
ten piedad
de los viacrucis
de la pus. 
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Ernesto Hernàndez Doblas 
SIN embargo, iba a llegar la época de una vigorosa ofensiva cristiana destinada a hacer ver el mundo en blanco y negro. Jeffrey Burton Russel explica el cambio por el poderosos impulso escolástico productor de una demonología más vigorosa. La figura del diablo asume en efecto una importancia creciente a partir del siglo XIII. Pero las ideas no tienen gran importancia si no siguen la evolución de las sociedades. Lucifer creció en el momento mismo en que Europa buscaba más coherencia religiosa e inventaba nuevos sistemas políticos, como preludio a un movimiento que iba a proyectarla fuera de sus fronteras, a la conquista del mundo desde el siglo XV. 
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Robert Muchembled
Mi misión es matar el tiempo, y la del tiempo es matarme en su turno a mí, Qué cómodo se encuentra uno entre asesinos.
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Emil Michel Cioran